domingo, 23 de enero de 2011

Laberinto

No habrá nunca una puerta. Estás adentro
y el alcázar abarca el universo
y no tiene ni anverso ni reverso
ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino,
que tercamente se bifurca en otro,
tendrá fin. Es de hierro tu destino
como tu juez. No aguardes la embestida
del toro que es un hombre y cuya extraña
forma plural da horror a la maraña
de interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
en el negro crepúsculo de la fiera.


Jorge Luis Borges

A menudo la Vida se nos presenta como un laberinto, con sus vueltas y revueltas, sus caminos paralelos,  sus bifurcaciones y sus callejones sin salida.
En nuestro diario transitar, solemos perdernos en las marañas de la rutina, en la disyuntiva de discernir entre lo necesario y lo imprescindible.
Y en medio del torbellino cotidiano, muchas veces no reparamos en la belleza de los pequeños gestos: un abrazo, un beso, una palabra de afecto... O tan solo el elemntal acto de sentarnos junto al otro a contemplar una flor, tomados de la mano.

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